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La profe Luciana
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La profe Luciana

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Capítulo I: Descubrimiento al norte
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Esta no es la clásica historia del amor platónico de un estudiante hacia su profesora, habitualmente madura. Es más bien una historia derivada del clásico cliché del hartazgo marital, de esa extinción de la pasión que desemboca en la infidelidad.
Es quizá algo que me superó y que pensé nunca me iba a tocar a mí, algo de lo que había imaginado inmune a mi matrimonio. Pero no fue así. Claro que hoy no existe arrepentimiento, al contrario, me llena de satisfacción el recuerdo de lo vivido.
Me llamo Fernando, tengo 32 años y duré algo más de 10 casado con mi ahora ex mujer, Adriana. Sé que probablemente suena a típica presentación de quien busca ayuda en una asociación de anónimos, pero no, nada que ver; realmente solo es una invitación a ahondar en el contexto. Posiblemente alertar a todo aquel que tenga esa idea absurda de casarse a temprana edad.
He de decir que cuando ocurrió, cuando contraje matrimonio, a mis tiernos 20 añitos, lo hice estando seguro de la decisión que estaba tomando. Me sentía perdidamente enamorado de Adriana, y comprendía esto como un paso de quien pretende envejecer junto a la persona que ama. En aquellos días cuando aún tenía corazón, cada gota de lluvia era un juramento de amor eterno para ella.
Pero la convivencia mata la pasión. El día a día, el conocer sus manías, el entender a la otra persona como humana, con sus virtudes, defectos, costumbres, olores, humor, sueños, caprichos y demás; te hace de alguna manera aprender a quererla, al mismo tiempo que la pasión desaparece. Como si se tratara de enamorarse de un amigo.
Claro que en el caso de Adriana ese desencanto está ligado más a la actitud que fue tomando con el paso de los años.
En el argot popular de los españoles se utiliza la palabra “estrecha” para referirse a una mujer que se niega a tener relaciones sexuales porque quiere vender esa imagen de chica recatada, difícil, decente, compleja y hasta inalcanzable. En mi país no existe un término que se ajuste del todo a esas características, aunque mojigata sería lo más parecido.
Y Adriana se fue convirtiendo en una mojigata con el paso de los años. Fue un proceso a la inversa, pues cuando la mayoría de las mujeres se vuelven más abiertas hacia el sexo con el paso del tiempo, en el caso de Adriana fue al revés, pasó de ser una chica caliente y pasional, a una ama de casa amargada y supremamente acomplejada con el sexo.
Fue una actitud que surgió y fue desarrollando a partir del nacimiento de nuestro primogénito, Nachito. En esos primeros días, meses y años de madre primeriza, lo entendí, comprendía que quizá ella no sentía tanto apetito sexual por el hecho de querer brindar atención y cuidados a nuestro hijo.
El sexo se nos fue convirtiendo en un plan ocasional, y una vez concebimos a nuestra segunda hija, Lucía, su líbido se fue para no volver. O por lo menos para aparecer de manera muy distante en el tiempo, como si dependiera de una alineación de los planetas o de algún otro fenómeno paranormal.
Adriana era una estrecha consagrada. Siempre tenía un pretexto para no hacerlo, para negarse a la satisfacción de los instintos primarios.
Yo recurrí a planes románticos, a seducción en la intimidad, como en sitios públicos, compra y uso de juguetes sexuales, e incluso a meterle mano por sorpresa, con su consecuente rechazo y regaño por mi abusivo actuar.
Llegué a pensar que su ausencia de apetito sexual podía deberse a una infidelidad, y caí en la bajeza de contratar a un detective para que me informara de su amorío extramatrimonial. Pero tal cosa no ocurrió, el detective la siguió durante un par de meses, y difícilmente pudo verla fuera del hogar, llevando su vida de ama de casa.
Fue un momento de gran desespero para mí, pues no entendía porque le llamaba mi mujer si nunca se comportaba como tal. Confieso que en un par de ocasiones recurrí a servicios sexuales de pago, pues era necesario desfogar sintiendo el calor de otro cuerpo y no el de mi mano.
Aunque luego, en uno de tantos intentos desesperados por despertar su líbido, tomé una de las mejores decisiones de las que hasta hoy tengo recuerdo, una auténtica genialidad ¡un batazo de cuatro esquinas!
Le regalé un tubo para la práctica del pole dance. Lo mandé a instalar en uno de los cuartos subutilizados de nuestra casa y terminó funcionando como un imán, pues fue solo cuestión de ponerlo para cautivar su atención, así nunca hubiese hecho el intento de treparse en uno de estos tubos.
Verla cautiva con el tubo me animó a meterle mano, y ella, para mi sorpresa, me lo permitió. Había logrado el cometido, había despertado el apetito sexual de mi señora.
Claro que solo fue algo de esa ocasión, pero lo que valió la pena no fue ese insulso polvo, sino lo que el tubo desencadenó.
Adriana, viéndose torpe y carente de talento para la práctica del pole dance, se apuntó a unas clases, que terminarían despertando ese apetito sexual dormido por tanto tiempo, y que además nos permitirían relacionarnos con un nuevo universo de personas.
Los beneficios fueron casi que inmediatos. Recuerdo que Adriana, luego de la primera clase, llegó a casa entusiasta a practicar, y aunque solo había sido una lección, había sido suficiente para que aprendiese las bases para treparse y mantenerse sujeta al tubo, aunque sea por unos cortos segundos. Yo pude observarla en esa ocasión, y sinceramente me calentó verla allí, colgada, llevando a cabo su danza como si se tratase de un ritual de apareamiento, sintiéndose observada, diva y deseada.
Claro que al final terminó haciéndose la estrecha conmigo, pero en esa ocasión no me importó su desplante, pues la oportunidad de permitirme un sensual recuerdo de su cuerpo, fue suficiente para mi posterior orgasmo, obviamente provocado por mí, como fue costumbre durante esos tediosos años maritales. De todas formas, mis tiempos de casado onanista estaban próximos a terminar.

No sabía lo que le enseñaban en la academia de pole dance, pero Adriana regresaba a casa con una mentalidad completamente opuesta a la que habitualmente tenía. Era una mujer absolutamente sensual, y aparte decidida a realizarse sexualmente, decidida a someter a su pareja al deseo o fantasía sexual que tuviese ese día en mente.
A mí me encantaba ser su juguete hedonista, me encantaba ser el protagonista de sus fantasías, y mucho más el hecho de verle fascinada en su entrega a los placeres de la carne.
Pero lo mejor aún estaba por venir. El premio mayor no fue haber despertado el apetito sexual de mi mujer, realmente la recompensa de la adquisición del tubo fue el hecho de habernos relacionado con el entorno del pole dance, con esta comunidad que entrenaba todos los días a las seis de la tarde en un recinto al norte de la ciudad.
Especialmente con Luciana, la maestra del grupo. Ella fue la encargada de sacarme del engaño de la supuesta felicidad en el matrimonio. Luciana fue la encargada de mostrarme esa faceta que mi mujer tanto se negaba a mostrar, y Luciana fue una inspiración para una reprimida, como lo era mi esposa.
No la conocí de gratis. Fue un descubrimiento que valió la pena a cada puñetero segundo.
A medida que veía a Adriana llegar encendida y dominante a casa, me preguntaba el porqué de su cambio de actitud. Me cuestionaba a cada rato qué era eso que le podían estar enseñando en clases de pole dance, que pudiera hacerla llegar tan deseosa.
La primera vez que vi a Luciana fue un día que me animé a ir a recoger a mi mujer de sus clases. Básicamente por curiosidad, por ver con quién entrenaba, quién les enseñaba, cuántos eran, entre un largo listado de cuestionamientos que puede tener un esposo acomplejado.
Lo primero que evidencié fue que no había hombres entrenando. El pole dance es una práctica deportiva destinada a las mujeres, pero nunca falta encontrarse con uno de esos personajes de gustos singulares, una maricota reprimida. El caso es que no lo había, afortunadamente, porque también habría sido traumático el tener que verlo forrado en mallas.
Lo otro que aprendí de inmediato es que Luciana era una escultura de mujer. Era una mujer de unos 40 años, aunque difícilmente aparentaba esa edad. Su piel era tersa y lucía suave, sin arrugas en su rostro, o sin notorias estrías en sus piernas. Era una mujer supremamente conservada, a la que fácilmente podrían calcularse diez o hasta veinte años menos.
Su piel era blanca, realmente muy pálida, de apariencia delicada. Sus piernas estaban perfectamente torneadas, eran de un considerable grosor, pero sin llegar a ese punto de lucir desmedidas, deformes o celulíticas. Lo suficientemente tonificadas como para lucir un bikini con orgullo, y lo suficientemente blandas para evocar esa sensación tan femenina como lo es la de unos muslos esponjosos y blandujos en su cara interna. Sinceramente eran unas piernas que, de ser expuestas, estaban destinadas a provocar miles de erecciones.
Y si bien sus piernas eran todo un monumento, allí no moría su sensualidad. Su trasero era otro espectáculo digno de provocar mil y un fantasías. Era carnoso, macizo, muy curvilíneo, con un tatuaje de una manzana en una de sus blancas y aparentemente delicadas nalguitas, y otro de una gárgola o demonio a la altura del coxis. Era un culo pulposo, que quedaba expuesto al vestir esas mallitas con las que dictaba su clase; un culo que se sacudía al ritmo de su baile, o al estrellar fuertemente contra el suelo.
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Claro que cuando se habla de su vestimenta, no todos los elogios van destinados a su despampanante trasero, también habrá fanáticos de verle la marcada forma de su coño dibujada por las apretadas telas de su trusa. Se trata de un coño carnoso, notorio a la vista, y apetitosamente palpable. Luciana tiene una vagina destinada a llamar la atención, pues otra de las cosas de sus sensuales bailes, es su constante apertura de piernas, lo que expone a la vista y con frecuencia su suculenta vulva.
Sus caderas se corresponden con el grosor de sus piernas y de su trasero, son considerablemente macizas, blancas y de carnes lo suficientemente flácidas para sacudirse al ritmo de sus bailes. Su abdomen era relativamente plano, con uno que otro exceso adiposo, pero nada que fuera descomunal o desagradable a la vista. Es más, para la edad que tenía, diría que tenía una zona abdominal más que aceptable. Su cintura estaba bien definida, tanto así que con solo verla era toda una tentación agarrarla de allí, aunque es innegable que, al igual que su abdomen, tendría algún exceso de grasa, pero nada de que escandalizarse.
Luciana era una mujer de senos pequeños, pero era una obsesa por estarlos mostrando. Obviamente no allí, en las clases, aunque en estas llegaba a usar una que otra trusa con ciertas transparencias. Pero donde realmente gustaba de exhibirlos era en sus redes sociales. Yo vine a enterarme a medida que mi obsesión por ella fue creciendo, lo que, sinceramente, fue cuestión de días.
Su blanca y frágil piel estaba decorada con unos cuantos tatuajes. Al de la manzana en su nalga derecha, y al del demonio de su coxis, se suman el de un dragón en su espalda, una pareja fornicando en uno de sus hombros, un tribal en uno de sus antebrazos, un sol en el otro, entre tantos otros en el extenso listado de marcas en su piel. Eso le daba una apariencia de chica ruda a una mujer que venía en envoltura de porcelana.
Y esto lo complementaba con su rostro. Era ahí justamente donde concentraba su encanto. Era una mujer verdaderamente bella. Sus ojos eran grandes y de un negro intenso, su nariz fina y sin irregularidades a la vista, sus labios ciertamente pequeños, pero de un rosa intenso y de una apariencia de humedad constante, provocativos sin duda alguna. Sus cejas delgadas y perfiladas resaltaban aún más sus bellos ojos, y complementaban a la perfección su cabello de un intenso negro. Lo llevaba relativamente corto, a la altura de los hombros, habitualmente suelto y desordenado. Su rostro no lograba ser extraordinario por su apariencia, eran sus gestos los que lo hacían una auténtica joya de admirar.
Luciana tenía la capacidad de dibujar el deseo a la perfección en su cara. Era una mujer supremamente hábil para provocar por medio de sus gestos, a través de sus miradas y de sus siempre pícaras sonrisas, su rostro era sinónimo de tentación, era la apertura a un universo de fantasías donde se le podía imaginar siempre pervertida, siempre impúdica.
Capítulo II: La virginidad de Luciana
La primera vez que la vi fue de pasada, un día que me aventuré a recoger a Adriana. La vi solo por unos segundos, pues cuando llegué, ella estaba finalizando la clase. Abandonó el recinto en cuestión de segundos. No tuve la oportunidad de presentarme o de saludarla. Tampoco de detallarla, aunque ese primer vistazo fue más que suficiente para crear una imagen permanente de ella en mi cabeza...




Pd: Recuerden que pueden encontrar la continuación de este relato, y otros más de mi autoría en mi blog: https://relatoscalientesyalgomas.blogspot.com/
 
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Capítulo II: La virginidad de Luciana
 
[Imagen: La%2BProfe%2BLuciana%2BCapII.png]

 
 
La primera vez que la vi fue de pasada, un día que me aventuré a recoger a Adriana. La vi solo por unos segundos, pues cuando llegué, ella estaba finalizando la clase. Abandonó el recinto en cuestión de segundos. No tuve la oportunidad de presentarme o de saludarla. Tampoco de detallarla, aunque ese primer vistazo fue más que suficiente para crear una imagen permanente de ella en mi cabeza.
Me acerqué a mi mujer, que estaba conversando con una de sus compañeras. La apuré un poco para que fuese a cambiarse. Luciana me había provocado un calentón inesperado, y yo estaba ansioso de llevarme a mi mujer a casa para desfogar.
Es más, eso derivó en una de las situaciones más morbosas que viví con Adriana, por lo menos en nuestra época de casados. Esa noche el calentón nos entró a los dos, a mí por ver a Luciana, y a Adriana por haber estado en una de sus clases. Terminamos haciéndolo en el auto, al frente del recinto donde funcionaba la academia.
Simplemente antes de encender el auto, empecé a acariciar una de sus piernas, y ella se abalanzó sobre mí para besarme y restregarse contra mi humanidad. Fue cuestión de pasarme a su lado, reclinar un poco la silla y dejarnos llevar.
Nunca pensé que Adriana y yo lo haríamos en un sitio público, y menos en uno con tanto tránsito de peatones. Pero los dos estábamos lo suficientemente cachondos como para asumir el riesgo. Poco nos importó si nos vieron. Ciertamente, fue uno de los mejores polvos que íbamos a tener en toda nuestra vida de casados.
Durante el coito tuve a Luciana como mi gran inspiración, imaginé a mi mujer con su ostentoso culo, así realmente estuviese lejos de parecerse. Le puse a Adriana el rostro de Luciana, o por lo menos el borroso recuerdo que me dejó ese primer y fugaz acercamiento. Fue el primer rastro de la obsesión que acababa de nacer en mi por esa mujer.
Era irónica la vida. Ahora que Adriana era complaciente, mi deseo no podía satisfacerse con ella. Mi nueva ambición fue Luciana.
Fue algo raro en mí, pues en los diez años que llevaba de casado siempre había visto con malos ojos el hecho de engañar a mi mujer, más todavía cuando llegaron Nachito y Lucía. Pero ahora pensaba diferente. Fue tal la perversión que me provocó Luciana, que no me bastó con follar a mi mujer imaginándola como su provocativa maestra, sino que un rato después me masturbé pensando nuevamente en ella.
Luego de los dos orgasmos a su nombre, me sentí saciado, creí haber superado el deseo que me generaba esa mujer, pero fue cuestión de horas para que apareciera nuevamente, para darme cuenta de que estaba naciendo en mí una obsesión por ella.
Al día siguiente sentí la necesidad de ir a recoger de nuevo a Adriana. Pero lo que menos me importaba era eso, lo que pretendía era echar un nuevo vistazo a su sensual maestra.
Llegué 15 minutos antes de lo que lo hice el día anterior. Buscando no incomodar a las chicas con mi presencia, decidí situarme en una esquina del recinto, tomar el celular entre mis manos y fingir procrastinar, aparentar estar allí esperando a que pase el tiempo, a que finalice por fin la lección para llevarme a mi mujer a casa.
De reojo echaba un vistazo a la clase, ojeadas fugaces que tenían como gran objetivo apreciar a Luciana en acción.  Verla allí colgando de un tubo con ese cuerpo tan tonificado y a la vez tan flexible, esa figura majestuosa encumbrada a la sensualidad, meneándose cual cabaretera; enseñándole a las esposas de un puñado de pusilánimes, como yo, a como verse provocativas y seductoras. Sus gestos eran sugestivos, eran una insinuación permanente.
A pesar de que los vistazos fueron ocasionales y disimulados, me permitieron crearme un mejor recuerdo, una imagen más clara de cómo era Luciana. Y mi obsesión fue en aumento.
La clase terminó. Luciana salió del recinto y emprendió su caminó por un largo pasillo, meneando de lado a lado ese culo generoso en carnes. Robando la atención del supuestamente distraído marido de una de las alumnas, realmente el único presente allí.
Ese día no tuve la misma suerte del anterior. No hubo polvo con Adriana, ni en el auto, ni al llegar a casa. De hecho, ella se molestó por verme allí de nuevo. Me aclaró que no le gustaba que la esperara al interior del salón, pues la hacía parecer sumisa y sometida en medio de un grupo de mujeres aparentemente liberadas.
Esta vez no me molestó, ni si quiera me importó que mi mujer se negara a follar conmigo. No me afectó esa necesidad por desfogar que tuve luego de ver a Luciana dando su clase, ni siquiera eso. Sabía que mi deseo no podía satisfacerse con Adriana, ni siquiera con esta nueva versión que era mucho más libertina.
Esa fue la noche del acecho, la noche del ‘stalkeo’. Dediqué un buen par de horas a buscar a Luciana en redes, a explorar una buena cantidad de sus publicaciones. Y me llevé una grata sorpresa. Luciana era mucho más calentorra de lo que yo pudiese haberme imaginado.
Quizá había sido tan mojigata y tan reprimida mi mujer que cuando vi a una mujer verdaderamente pervertida, quedé fascinado, o más bien encantado, embrujado.
Encontrar sus redes fue un picante condimento al cóctel de obsesión que crecía en mi interior por ella. No solo me encontré con una inmensa colección de imágenes de mucha piel y mucha carne, llenas de provocación en cada pose y en cada gesto; me encontré también con cientos de historias y pensamientos sugestivos.
“Perdí la virginidad con un chico de mi barrio. Teníamos más o menos la misma edad. Era un chico creyente, muy devoto, muy tierno y muy ingenuo. Como yo, era físicamente precoz: un niño empuñando el cuerpo de un adulto. No estábamos preparados para nosotros mismos, mucho menos el uno para el otro. Sin embargo, me di cuenta de la forma cómo me observó. Sentí que sus ojos viajaban a través de mi cuerpo, que recorrían descaradamente mis carnes y mi piel. ¡Eso era poder! Me propuse abusar de ello.
Cada paseo en autobús hacia y desde la escuela, cruzaba mis piernas, de lado a lado y con descaro, hipnotizándolo con un hechizo que no entendía, incitando en él un anhelo que no podía nombrar.
Él me besó en la parada del autobús, dejando migajas de pastel en mi barbilla. Era amor.
No recuerdo el dolor de esto, mi primera penetración, una falta de sufrimiento por la que me he sentido culpable por siempre. Lo que si recuerdo es el cielo azul y claro sobre mí, el zumbido de un mosquito en mi oído, y el bosque y la tierra abrazándonos.
Mi cabello se quedó atrapado debajo de su mano. Él empujó una, dos, tres y cuatro, y luego se dejó caer sobre mí, para finalmente apropiarse de mi cosmos. Me desconcertaba el hecho de pensar cuántos segundos de penetración se necesitaban como para considerarse sexo.
Escuché un hipo. Un llorón. Llorando dijo haber traicionado la promesa hecha al padre celestial.
¿No tiene acaso una chica el derecho a que se la jueguen por ella? ¿Soporté no ganar nada del baile de nuestras almas sobre la tierra en ese bosque seco?
En vez de eso fui lo suficientemente potente como para ofender tanto al hombre como a Dios. ¡Sube a tu bici y vete!”, dice la leyenda de una de las fotos en las que Luciana luce joven, ríe provocativamente y muestra las tetas en una de sus redes sociales.
Esta fue solo una de las joyas en un perfil lleno de insinuaciones y guarradas. Una de ellas, por ejemplo, era un tutorial para tomar fotos a un culo voluminoso, obviamente protagonizado por la sensual Luciana, o sus entusiastas lecciones de pole dance en video, acompañadas de leyendas como “Otra cosa que me convirtió en belleza, el pole dance”. Y ni hablar de su relato lésbico con ‘Pati’, que merecería una mención aparte.
Capítulo III: Sed de admiración
 
A decir verdad, hubo un contenido que llamó mi atención por encima de las demás, por lo menos en esa primera jornada de exploración de sus redes sociales. Era una foto de Luciana, una foto de cuerpo entero, en la que ella posaba de perfil. En la imagen Luciana aparecía de rodillas, con un vestido que había situado a la altura de su cintura, es decir que lo había ido remangando, de abajo y de arriba, situándolo todo en la zona de la cintura. Sus senos quedaron al descubierto, aunque en la imagen solo se ve uno de ellos, pues al estar de costado, uno se esconde tras del otro. También queda al desnudo su zona púbica, pues no se observa calzón o braga que la resguarde, aunque no se ve mayor cosa porque el ángulo que forma con sus caderas y sus piernas evita que se puede apreciar fácilmente lo que podría ser una inspiración para todo tipo de perversión...
Pd: Recuerden que pueden encontrar la continuación de este relato, y otros más de mi autoría en mi blog: https://relatoscalientesyalgomas.blogspot.com/
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Capítulo III: Sed de admiración
 
[Imagen: La%2BProfe%2BLuciana%2BCapIII.jpg]

 
 
A decir verdad, hubo un contenido que llamó mi atención por encima de las demás, por lo menos en esa primera jornada de exploración de sus redes sociales. Era una foto de Luciana, una foto de cuerpo entero, en la que ella posaba de perfil. En la imagen Luciana aparecía de rodillas, con un vestido que había situado a la altura de su cintura, es decir que lo había ido remangando, de abajo y de arriba, situándolo todo en la zona de la cintura. Sus senos quedaron al descubierto, aunque en la imagen solo se ve uno de ellos, pues al estar de costado, uno se esconde tras del otro. También queda al desnudo su zona púbica, pues no se observa calzón o braga que la resguarde, aunque no se ve mayor cosa porque el ángulo que forma con sus caderas y sus piernas evita que se puede apreciar fácilmente lo que podría ser una inspiración para todo tipo de perversión.
La imagen viene acompañada de una leyenda que dice:
Imagínalo. Ya no están juntos. La separación es inminente entre ustedes. No hay tiempo suficiente en esta dimensión para resarcir el daño, sus almas jamás volverán a fundirse en una. ¡A la mierd* el mundo!
Cada quien sabe lo que es suyo, ya no hay rastros de su piel sobre la tuya. Ustedes ya no están juntos. Se siente bien de todas formas. Se siente mejor de lo que recuerdas.
Tu energía sexual es pura, la fuerza motriz de la vida que anima los espíritus. La sexualidad es el núcleo de la creatividad, tanto literal como figurativa; es la madre de nuestros hijos, es la madre de nuestras canciones. Cuando oprimes tu sexualidad, tus deseos y tu placer; cuando te sientes sucia por ello, regalas la fuente de la creación que recorre tu ser. No te reprimas nunca, y mucho menos porque tu pareja ya no es tu pareja.
Ahora eres libre para encontrar a quien realmente valore agarrarte de la cintura, que considere entregarte sus caricias sobre tu espalda, que te trate como un manjar para saborear, que te contemple como un banquete para devorar.
Deja que te escupa en la boca que ya no es solo tuya, que no te importe. Nunca se ha sentido mejor”.
Era un monólogo destinado a llenar de confianza a las mujeres inseguras con su hombre, invitándoles a vivir libremente su sexualidad, y a su vez era una interpretación de sus deseos, quizá de su sentir, por lo menos así lo interpreté.
Para alguien como yo era una motivación a creer que una mujer de mente abierta y con tales ideales de liberación, estaría quizá dispuesta a entregarse a placeres carnales con cualquiera que supiese ganarse ese honor. Había chances incluso para alguien como yo.
Solo me restaba arriesgarme, intentar algo con ella. No iba a dormir tranquilo hasta que eso se hiciera realidad, o por lo menos hasta que hubiese hecho el intento.
Le di vueltas en mi cabeza a la forma de lograr mi cometido, pero era tan carente de iniciativa que no se me ocurría una situación ideal para interactuar con ella hasta llevarla al punto donde yo quería.
Lo único que tuve en mente fue acercarme una vez más a la academia, esta vez bajo el pretexto de querer pagar la mensualidad de las clases de mi mujer. Esperaría a que terminé su clase, la buscaría en privado, y con ese pretexto buscaría flirtear con ella.  
Recuerdo a la perfección que fue un jueves en la noche. Luego de un par de semanas sin asomarme por allí, volví; de nuevo dándome el lujo de disfrutar del cierre de su lección. Otra vez situado en aquella esquina que me hacía sentir seguro, una zona en la cual dejaba de sentirme intrusivo para el grupo aprendiz de las artes de la sensualidad, la seducción y por supuesto el pole dance.
Una vez que la clase terminó, Luciana salió del recinto, y al igual que la vez anterior, emprendió su camino por el extenso pasillo. Me acerqué a Adriana, la saludé y le conté que estaba allí por el hecho de querer ponerme al día con el pago de sus clases. Ella asintió con la cabeza y siguió concentrada escarbando en su mochila.
Salí del recinto y caminé por el pasillo. Al final del mismo había una puerta blanca con una estrella dorada y el nombre de Luciana, como si de una celebridad se tratara, por lo menos así lo sentía ella.
Llamé a la puerta, que estaba entreabierta, y a continuación escuché la voz de Luciana, que me invitaba a pasar.
Le saludé, pero antes de que terminara de preguntarle cómo estaba, Luciana interrumpió preguntando:
-       ¿A qué se debe su visita?... ¿Algo especial u hoy también vino solo a importunar a las chicas?
-       ¿A importunar? ¿A qué te refieres?
-       A morbosearlas, a instigarlas con su mirada acosadora – Dijo la sensual maestra, mientras que yo era incapaz de dejar de mirarle hacia su entrepierna
-       No Luciana, eso no es así. No vengo a acechar a nadie, vengo a recoger a mi mujer y me da pereza esperarla en el auto. Entro a tus clases a ver qué es lo que les enseñas, pero no acecho a ninguna de las chicas.
-       Me resulta difícil creerle, cuando no ha parado de clavarme la mirada en mi entrepierna
-       Discúlpame, no quise ser burdo, imprudente ni atrevido. Sinceramente fue un acto relejo, fue algo que no pude controlar. Perdóname por ello. – Dije a la vez que me ruboricé
-       ¿Qué necesita?
-       Venía a pagar la mensualidad de las clases de Adriana, mi mujer…
Saqué el dinero de mi billetera, lo conté y se lo entregué. Esta vez clavé mis ojos en los suyos, y no paré de observarlos por un largo rato. Me perdí en ellos, pues verdaderamente me parecían enigmáticos. Me parecía que con su mirada podía transmitir un sinfín de sensaciones, y que muchas de ellas evocaban el cortejo. De repente se me ocurrió comentarle que la había estado leyendo, y que me había parecido extraordinaria, muy talentosa, osada, pero especialmente valiente por permitir que más mujeres tuvieran esa inspiración para la vida.
 
-       ¿Qué te gusto de lo que leíste? – Preguntó ella mostrándose auténticamente intrigada
-       Leí muchas cosas, pero lo que más me gustó fue tu definición y concepción de la sexualidad como el eje motivacional de todo ser.  Eso de que la sexualidad es el núcleo de la creatividad, tanto literal como figurativa me pareció una reflexión interesante, concienzuda y acertada.
Ella quedó impresionada al ver que mi elogio no era mentira, al notar que era real que le había leído, y que era genuina la admiración que le había expresado como escritora
-       Te agradezco el cumplido. No pensé que un hombre se tomara el trabajo de leer mis reflexiones y mis relatos
-       Pues ya vez que sí, que acá hay uno que quedó tan maravillado con tu talento que no se aguantó las ganas de venir a conocerte
-       Ah mirá. Pensé que habías venido a recoger a tu mujer
-       Bueno, al comienzo sí. Pero para mí fue todo un evento eso de que Adriana dejara de ser una reprimida y pasara a ser una chica sexualmente activa. Por eso quise venir a ver qué era lo que aquí aprendía. Ahí te conocí y confieso que he quedado embrujado con tu ser. Eres hermosa, escultural, atlética, segura de ti misma, atrevida, desafiante, talentosa, eres mágica, definitivamente, con lo poco que te conozco me atrevo a asegurar que eres una en un millón.
-       Qué amable y generoso de tu parte, aunque suena un poco zalamero ¿No tendrás una doble intención conmigo?
-       Pues realmente no sé hasta qué punto podría llegar mi admiración por ti, pero sería un completo mentiroso si niego lo mucho que me atraes. No eres solo bella, sino culta y talentosa ¿Qué más puede pedirle uno a la vida?
-       ¿Te interesa que nos tomemos un café y charlemos en estos días?
-       Absolutamente. Sería un honor para mí
-       ¿Qué te parece mañana, a las cuatro? Nos vemos aquí y vamos a un sitio muy acogedor que hay a dos calles
-       Cuenta con ello
Me despedí con un tradicional beso en la mejilla, que me permitió sentir la suavidad de su piel por primera vez en la vida. Al otro día cumplí la cita, con mucho anhelo la esperé, y con absoluta puntualidad llegué. La noche anterior había dedicado horas a seguir explorando sus redes sociales, buscando con ello darme una idea mayor de la esencia de su ser.
El encuentro fue más que fructífero, pues congeniamos en más de una ocasión, pero lo más importante es que íbamos a finalizar acordando un próximo encuentro para algo mucho más comprometedor.
-       ¿Lo has leído, has leído a Octavio Paz? – pregunté a Luciana tras el primer sorbo de café
-       Claro que lo he leído, lo amo
-       Genial. Es simplemente una mente brillante, un referente para todos aquellos que atrevidamente incursionamos en el mundo de las letras.
-       Sí, sí, aunque yo soy más del estilo de Carla Márquez ¿La conoces?
-       Obviamente. Me ruborizo y me caliento de solo acordarme de parte de su obra
-       ¿A Almudena Grandes la has leído?
-       Por supuesto. Es más, cualquier persona que no haya leído Las Edades de Lulú, no debería ser digno de saludos entre adultos
-       Jajajajaja es verdad, es verdad. Ve, me gustaría ponerte a prueba, quiero hacerte dos preguntas. La primera es ¿Cuál es tu libro favorito de literatura erótica?
-       Es difícil escoger uno como favorito, aunque hay dos que merecerían pelearse por ese primer lugar: La Rebelión de los Follamantes Las maneras del agua
-       No puedo creer que haya alguien en el planeta que disfrute tanto la obra de Margarita Villareal como yo lo hago
-       Pues ya ves…
-       Pero tú nos has venido hasta aquí solo para hablar de literatura ¿Tienes alguna intención conmigo?
Tragué saliva, sentí que lo más prudente antes de contestar a tan frentera pregunta era aguardar un par de segundos, darle un poco de dramatismo a la respuesta. Y al final admitir lo evidente, aceptar mi deseo hacia ella.
-       La verdad sí. Me has cautivado por completo. Eres la perfección encarnada. Ojalá no te incomode mi atrevimiento, no te incordie mi admisión, pues no es mi intención ni acosarte y tampoco irrespetarte
-       Tranquilízate, no me siento irrespetada, me siento deseada… ¿Te daría cargo de consciencia engañar a tu mujer?
-       No lo sé. Posiblemente sí, pero siento que nuestra relación está agonizando, que cualquier intento por rescatarla resultará infructuoso, y no vale la pena gastar energía y tiempo en algo así. Ella hace tiempo dejó de desearme, y yo hace tiempo empecé a sentir que estaba con ella por obligación.
-       Pues fíjate. Ya somos dos las víctimas de matrimonios mal llevados. Yo estoy dispuesta a hacerte tu sueño realidad, como por probar, al fin y al cabo que yo también sé lo que es estar atrapada en un matrimonio por una u otra conveniencia. Pero no va a poder ser ahora ni aquí. Yo debo terminarme este café e ir a dar una clase.  Además, que algo si te quiero aclarar, yo estoy dispuesta a todo contigo, pero tú tendrás que hacerme sentir como la deidad que dices soy para ti. Préstame tu celular…
Lo agarró entre sus manos y llamó al suyo
-       Ahí tienes mi número, guárdalo y me escribes más tarde, con eso vamos acordando cuándo y dónde nos vemos
No supe qué decir, solo sonreí, asentí con la cabeza, me despedí de ella, y salí del lugar torpemente, chocándome con uno de los muros. Estaba pasmado con lo que acababa de suceder.
Esa misma noche le escribí. No quería ser intenso con ella, pero sabía que, si no me pronunciaba de inmediato, se me iba a pasar la oportunidad. Ella no tuvo reparo en contestar, de hecho, fue muy jovial y abierta en sus conversaciones por chat. Acordamos que nuestro encuentro sería el viernes de la siguiente semana.
Tendría entonces una semana para preparar un encuentro a la altura de la situación, que no era cualquiera; Luciana era por lejos la mujer que más fantasías me había inspirado en mi vida, incluso por encima de Adriana en nuestros 10 años de matrimonio. Era la oportunidad de mi vida, por lo menos en lo que refiere a tener un polvo para recordar a la hora de morir. Estaba seguro de que una relación con una mujer tan descocada tenía que recordarse por los siglos de los siglos.
Reservé la Suite del Penthouse en el Hotel Four Season. Literalmente pretendía que fuera un polvo con altura. 
Esa habitación tenía un costo por noche cercano a los mil dólares, que para alguien como yo no es poca cosa. Pero sinceramente lo valía. Quería darme un gusto auténtico y cumplir con lo prometido, tratarla a la altura de una deidad, y lo primero era crear un ambiente digno de ella. Antes la llevaría a cenar al Matiz, que nunca decepciona.
Esa semana no hubo actividad sexual para mí. Ni sexo con Adriana, ni masturbación. Quería conservar mi energía vital para el momento deseado.
No sabía si ella cumpliría, si solo se trataba de una broma que le estaba jugando a un hombre obseso con su ser, pero de cumplir con lo prometido, me iba a hacer el sujeto más dichoso del planeta.
Tuve también que planear con detenimiento la excusa para ausentarme de casa sin que Adriana fuese a sospechar. Claro que tampoco fui muy creativo, le dije que tendría que hacer un viaje de trabajo, pero que el sábado, pasado el mediodía, estaría de regreso. Ella no tuvo mayor recelo frente a mi explicación, sencillamente la creyó; no tenía motivo para desconfiar de un tipo que le había guardado 10 años de sagrada fidelidad. Quizá también era una situación ideal para ella, posiblemente le estaba dando vía libre para meter a su amante en casa, si es que lo tenía.
También tendría que explicarle la causa de la desaparición de tan llamativa cantidad de la cuenta bancaria. Pero eso sería algo que me daría un poco más de tiempo, pues no era un movimiento del que fuese a darse cuenta de inmediato.
Claro que cuando llegase el momento, no iba a ser una situación fácil de explicar, pues era un movimiento que implicaba la desaparición de por lo menos mil dólares, y digo por lo menos mil porque no sabía si en mi estancia en ese hotel, con la sensual Luciana, el gasto pudiese incrementarse.
Capítulo IV: El vicio de sentirse deseada
Ese día tuve ansiedad desde el mismo momento en que desperté, pero al llegar el anochecer, la ansiedad empezó a mutar en euforia. Con Luciana habíamos acordado encontrarnos pasada una hora de acabadas sus clases, allí, en la academia donde las daba. Pensamos que una hora sería tiempo suficiente para conseguir que todos los conocidos desaparecieran de la zona...

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Capítulo IV: El vicio de sentirse deseada
[Imagen: La%2BProfe%2BLuciana%2BCapIV.jpg]
 
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[align=start]Ese día tuve ansiedad desde el mismo momento en que desperté, pero al llegar el anochecer, la ansiedad empezó a mutar en euforia. Con Luciana habíamos acordado encontrarnos pasada una hora de acabadas sus clases, allí, en la academia donde las daba. Pensamos que una hora sería tiempo suficiente para conseguir que todos los conocidos desaparecieran de la zona.
 
Llegué faltando un cuarto para la hora indicada. Me perdía pensando en la conversación que iba a darle a Luciana de camino al restaurante. No sería algo sencillo, pues no la conocía más allá de sus escritos, un poco de sus gustos literarios y sus fotografías. Pero decidí que lo más sensato era dejarme llevar, dejar que la conversación fluyera y que avanzara en el camino que tuviese que hacerlo.

Ella apareció minutos después, luciendo un largo y elegante abrigo. Subió al auto, me saludó y prendió la calefacción, venía aturdida por el frío. Encendí el coche y partí rumbo a nuestro destino.

-       ¿Fantaseaste conmigo al leer mis relatos? – preguntó ella para romper el hasta ahora reinante silencio
-       Te mentiría si te digo que no, me ha sido absolutamente inevitable.
-       ¿Y con que fantaseaste?
-       Ya vas a verlo…
-       ¿Sabes con qué fantaseo yo?
-       ¿Con qué?
-       Con ejercer un día como stripper de club de carretera, con las miradas lujuriosas de los hombres clavadas en mí. Uno que otro lanzando sus manos de forma atrevida hacia mí, para meterme un billete entre la tanga o sencillamente para manosearme. Teniendo yo toda la atención del momento, ahí expuesta, absorbida por esa sensación de tabú
-       Yo estaría en primera fila sin duda alguna. Si ves que te es posible cumplirla, avísame, quiero estar ahí
-       Ja, ja, ja, tu esposa no te dejaría ir, tienes cara de calzorras
-       Es cierto. Pero estoy dispuesto a poner de mi parte lo que haya que poner para dejar de serlo ¡Me harté!
-       ¿Hace cuánto la engañas?
-       Esta va a ser la primera vez
-       No te creo, ja, ja, ja
-       No te miento. Va a ser la primera vez. Hace tiempo dejé de quererla, pero nunca me atreví a engañarla, no por lo menos hasta que encontrara a alguien con quien realmente valiera la pena.
-       ¿Y hoy ya no te sientes culpable?
-       Para nada. Era algo que se veía venir. Y cierto grado de responsabilidad tendrá ella en que yo haya tomado esta decisión ¿Tú hace cuánto engañas a tu esposo?
-       Uh, si te contara… La nuestro fue un matrimonio obligado por mi prematuro embarazo. Prácticamente que nuestros padres decidieron por nosotros. Estaba destinado a salir mal, y salió mal. Creo que no ha habido época de nuestra relación en que no lo haya engañado. Y posiblemente él haga lo mismo, estamos juntos por nuestro hijo, y básicamente por dar la imagen de una familia feliz, que a la hora de los negocios y el relacionamiento público termina favoreciendo
 
El viaje de camino al hotel fue complejo para mí. Recuerdo ese momento en que nos detuvimos a la altura de la séptima con 116, el semáforo en rojo me permitió prestar mayor atención a su fantasía de stripper de carretera, lo que desde ese mismo instante me causó una erección que tardó un rato en desaparecer. Es más, revivió por ratos durante la cena y de camino al hotel.

El penthouse del Four Season era fascinante: espacioso, con terraza privada, chimenea, portentosos y cómodos sofás en cuero, una amplia sala de estar, una cama tendida con sábanas de algodón egipcio, entre otra serie de lujos que se correspondían con su costo.

Allí una botella de Veuve Clicquot nos esperaba. Nos sentamos frente a uno de los ventanales que fungía como muro. La panorámica del vecindario era imponente, incluso en este mugrero de ciudad, y mucho más era el morbo de saber que íbamos a culear en un último piso, viendo la vida pasar bajo nuestros pies, pudiendo ser vistos a la distancia por cualquiera con un poco de suerte y un afinado sentido de la vista.

Bebimos la botella de champán sin apuro alguno. Lo hicimos mientras charlamos de la vida, del fracaso de nuestros matrimonios, de los sueños por realizar y especialmente mientras hablamos de nuestra pasión en común: escribir.

Me sentía un poco intimidado al pensar en lo que minutos después haría con Luciana. Ella me había hecho entender que era una mujer muy activa sexualmente, y llegué a sentir algo de desconfianza al verme tan poco entrenado y tan reprimido en los últimos años.
Claro que ese nerviosismo desapareció cuando Luciana dejó su abrigo a un lado y la tentación entró por la vista; se puso de rodillas, y, todavía vistiendo sus mallas, me deleitó con un baile sensual, uno de tantos en su repertorio; a mí y a todo aquel que a la distancia pudiese ver a través de los cristales.

Dudo que desde la calle se alcanzara a apreciar mucho, difícilmente podría hacerse desde un par de casas que había en frente, y un poco más probable podía ser desde un edificio situado en diagonal. A Luciana poco le importaba eso, de hecho, diría que para ella sería mucho más excitante que alguien viera su arte sensual a través del ventanal. Sentirse deseada era algo que le hacía perder el quicio, aunque eso era algo que yo desconocía de momento.

Luciana amaba sacudir su cuerpo al sonido de cualquier ritmo. Esa noche comenzó con un tema de Shabba Ranks, del cual no sé su nombre. Su baile fue toda una inspiración. Sus movimientos eran agresivos y sus gestos retadores.

Sus nalgas fueron las grandes protagonistas de su presentación. Mientras su rostro se posaba en el piso, su culo se erigía sobre el resto de su cuerpo. Lo meneaba con unos movimientos cadenciosos, medidos en el tiempo y rematados con una fuerte sacudida de sus carnes.

 
[Imagen: Bailando%2B2.png]
  
Obviamente también hubo un momento destinado a ponerse en pie, dar un par de pasos hacia atrás, estrellar su culazo contra uno de los ventanales, y de nuevo menearse, aunque ahora un poco más lento, encargándose de empezar a manosear todo su cuerpo, que aún seguía cubierto por sus mallas.

Y una vez se cansó de esparcir su culo contra los cristales, se dio vuelta, dando la cara a cualquiera de los que pudiese estar de mirón desde afuera.
Su enorme trasero por fin me veía a la cara. Yo estaba algo alejado, pues entendía que Luciana necesitaba de su espacio para desplegar todo su talento. Pero más allá del distanciamiento, era todo un placer ver por fin de frente ese culo maravilloso, verlo sacudir sus carnes, e imaginar que unos minutos después eso estaría pasando, pero sobre mí, estaría zarandeándose alocadamente, al ritmo de una impetuosa cabalgata.
Estando así, de espalda a mí, y de frente a los ventanales, Luciana empezó a desnudarse, Al ritmo de la música bajó por sus brazos los tirantes de sus mallas, la parte alta de su torso quedó al descubierto, aunque de momento yo solo había visto su espalda, adornada por su colorido tatuaje del dragón.

Luciana apoyó sus pechos contra los cristales, y siguió sacudiendo sus nalgas de lado a lado por un buen rato. Yo moría de ansiedad porque se diese vuelta y por fin ver esos senos pequeños, pero aún firmes a pesar de sus 40 años; era víctima de la congoja, ansiaba ver de frente sus incitadores gestos, añoraba ser cómplice de sus pecaminoso actuar.

Claro que cuando Luciana se dio vuelta, desaparecieron los sugestivos gestos de su rostro, por lo menos por un instante. Los reemplazó por una carcajada hilarante, pues le generó gracia ver mi cara de idiota al ser víctima de su hipnótico baile.

Cambió de tema, puso uno llamado Honor al mérito de Lisérgicos. Con la parte alta de su licra colgando de su cintura, caminó por la habitación hasta tomar una silla, luego volvió a lugar donde estaba, y empezó de nuevo a bailar. Me pidió que le alcanzase la botella vacía de champán que bebimos previamente, obedecí de inmediato. Me acerqué a ella, se la di y volví a mi sitio de privilegio.

Ella dejó la botella sobre la silla, situada exactamente frente a ella, y empezó a bailar lentamente. Su lengua se hizo protagonista de esta parte del baile, pues estuvo el noventa por ciento del tiempo a la vista. Marcó el ritmo de los tan presentes ademanes de su rostro.

Sus manos también tomaron mayor protagonismo, empezó a frotarlas fugazmente sobre su pubis, y especialmente las utilizó para jugar con sus senos entre ellas. Luego, con sus pulgares, agarró sus mallas de los costados y empezó a bajarlas lentamente, hasta llegar el punto de que cayeran al suelo por accionar de la gravedad.

Su blando y lujurioso cuerpo estaba al desnudo, aunque su vagina seguía invisible para mí, pues de momento se escondía tras la botella que minutos atrás había puesto sobre la silla.
[Imagen: Luciana%2Bbotella.jpg]
 
Luciana me hizo una seña con sus ojos, invitándome a acercarme y quitar la botella. Así lo hice, me acerqué, tomé la botella entre una de mis manos, y la dejé en el suelo. Luego quedé de nuevo hipnotizado con su cuerpo, guardando absoluto silencio mientras la contemplaba, expresando toda mi depravación con solo la mirada.

Ella tomó una de mis manos y la posó sobre su vulva. Su intención era clara, hacerme saber que su coñito, con el solo hecho de bailar, se había humedecido, se había sazonado. El plato fuerte estaba servido.
Capítulo V: “Hongo” out
Al verme cómodo y dichoso sintiendo su calentura a través de la yema de mis dedos, se sintió con la autoridad para lanzar una de sus manos hacia mi miembro. Lo agarró, aún cubierto por el pantalón, palpó toda la zona, y a continuación me deleitó con un profundo beso. Fue un beso realmente extenso. Nos dio tiempo para explorarnos hasta la garganta, nos permitió sentir la sonrisa que se dibujaba en el rostro del otro, al verse irrespetado por una lengua hasta ahora desconocida...

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Capítulo V: “Hongo” out
 
[Imagen: La%2BProfe%2BLuciana%2BCapV.jpg]

 
 
Al verme cómodo y dichoso sintiendo su calentura a través de la yema de mis dedos, se sintió con la autoridad para lanzar una de sus manos hacia mi miembro. Lo agarró, aún cubierto por el pantalón, palpó toda la zona, y a continuación me deleitó con un profundo beso. Uno realmente extenso. Nos dio tiempo para explorarnos hasta la garganta, nos permitió sentir la sonrisa que se dibujaba en el rostro del otro, al verse irrespetado por una lengua hasta ahora desconocida.
Ella mientras tanto fue desabrochando el cinturón que sostenía mi pantalón. Luego de deshacerse de este, agarró mis pantalones de los costados, con ambas manos, y los bajó de un jalón. De nuevo se puso en pie, me miró a los ojos sosteniendo un gesto de total perversión, y acto seguido lanzó de nuevo su mano a mi pene, que a esa altura de la noche estaba desesperado por ser liberado.
Y si bien su vagina estaba lista para la penetración, decidí postergar ese ansiado momento, pues no me iba a privar de saborear tan tierna vulva. Quería deleitarme con sus fluidos, quería esa zona carnuda y caliente entre mi boca. Además, era un deber devolverle el deleite a Luciana, y de seguro la mejor forma de hacerlo era mediante una buena comida de coño.
Me puse de rodillas y sumergí mi cara en su entrepierna, ella dejó llevar su cuerpo hacia atrás un poco, sus nalgas quedaron de nuevo apoyadas en los ventanales, mientras mi lengua empezaba a dar las primeras probadas a ese suculento coñazo. El ambiente estaba colmado de esa tufarada tan característica del sexo ¡Era todo un deleite, todo un festín!
Sus ojos cerrados y su cabeza ligeramente inclinada hacia atrás eran buena señal, eran un gesto de evidente complacencia en una mujer que tenía idealizada como una experta de las artes amatorias. Poco a poco empezaron a escapar de ella unos soplidos, unas exhalaciones, cada vez más entusiastas y dicientes.
Estuve concentrado en complacerla con mi lengua por un buen rato, lo que se vio interrumpido por un esporádico contacto visual, un instante que me regalé para tomar aire, verle a la cara y apreciar su disfrute. Luciana no permitió que fuera muy extenso, porque de repente bajó mi cabeza agresivamente con una de sus manos mientras dijo “¡Atragántate!”.
Mi cara se enterró de nuevo en su vagina. Yo me ahogaba entre el tufillo y los fluidos cada vez más presentes en los alrededores de su vulva y su entrepierna. No podía ver nada, la escuchaba reír. Me levanté abruptamente, tosí un poco. Tomé aire y la miré al rostro, mientras que ella volvía a reír. 
Nos detuvimos por un instante, para vernos a los ojos y ser cómplices del instante de placer que debíamos compartir. Luciana se dejó caer en el suelo. Se acostó allí, echó su cabeza hacia atrás, cerró sus ojos y abrió sus piernas, invitándome a entrar a tan bienaventurada vagina.
Esculqué mis pantalones con cierto desespero, tomé unos condones que tenía en ellos, y me puse uno.
Fue exquisito ese instante en que mi miembro erecto y desesperado se deslizó por entre su vagina, ella lo acompañó de un gemido cortito pero sonoro.
Estaba anonadado, Luciana rondaba los 40 años, había parido un hijo, había fornicado a lo largo de su vida como Dios manda, pero su coño era increíblemente prieto, estrecho.
El sentir esa vagina apretada y ardiente era complementado con lo insinuante de su rostro, con su lengua jugueteando sobre sus labios, y con su mirada desafiante, atrevida y retadora. “Senda bellaca” dirían los de Plan B si le hubiesen visto esa expresión.
Sus desafiantes gestos funcionaron como incitación, provocaron en mí el deseo de penetrarla con mayor vehemencia. Le empujé mi pene adentro sin contemplación alguna. Con un movimiento lento pero profundo para explorar su ser.
El ritmo fue en aumento, nuestros cuerpos chocaban con agresividad. Se escuchaba fuertemente ese estruendo de nuestra humanidad al encontrarse. Luciana levantaba y estiraba sus piernas en el aire, en un gesto de completa permisividad para hacer de mi miembro viril su invitado de honor.
Sus gemidos eran otro condimento sustancial del exquisito coito que estábamos viviendo. Eran sonoros, desinhibidos, profundos, y por momentos estruendosos, era un completo embeleso.
Sus senitos se movían al ritmo de nuestros zarandeos. ´Lucían inocentes, tiernos y frágiles. Pero sinceramente eran una atracción de segundo plano, pues mi atención se centraba en su rostro, cuyos gestos evidenciaban intensos instantes de placer, de delirio y de éxtasis; Sus ojos perdidos, su boca ligeramente abierta, dispuesta a dejar escapar cuanto gemido e insulto se le antojara a esta veterana de mil guerras; sus labios húmedos y tentadores, y su respiración agitada; eso era lo que realmente me tenía atrapado.
Verla perdida de placer, verla gozar sin vergüenza alguna, sentirle ese coño caliente y ajustado, y escucharla apeteciendo más, provocó ese anhelado estallido de placer, esa descarga retenida por un preservativo al interior de su hirviente vagina.
Pero la fiesta estaba lejos de terminar. A pesar de haber alcanzado el orgasmo, era de mi interés seguir fornicando con esta mujer que me había develado el verdadero sentir del placer. También me sentía en la obligación de seguir brindando placer a Luciana, pues una ocasión tan esperada como esta no podía terminar en un simple orgasmo.
Ella comprendiendo que me había hecho alcanzar mi primer orgasmo de la noche, le propuse un pequeño descanso, el cual utilizaría para complementar el festín hedonista.
-       No te molesta que fume marihuana, ¿verdad?  - preguntó Luciana en el entretiempo de nuestros coitos
-       No, para nada
-       ¿Tú quieres?
-       Mmm, bueno, sí, un poco
Pero no terminó siendo un poco. Luciana sacó una pipa y la rellenó de hierba. Fumó de ella, la limpió y volvió a llenarla. Ahora era mi turno.
Fue algo que me pudo haber jugado en contra, que me puso extremadamente nervioso, pues he de confesar que hasta ese entonces nunca había follado bajo los efectos del THC. De hecho, había fumado marihuana alguna vez en mi vida, pero para ese entonces era un antiguo recuerdo.
Ella limpió la pipa, la volvió a rellenar y volvió a fumar, mientras expresaba lo mucho que disfrutaba del sexo estando bajo los efectos del cannabis.
Poco a poco empecé a perderme en sus palabras. Se me hacía complejo concentrarme en lo que me decía.
Lo que si recuerdo a la perfección es que recuperé el deseo antes de lo que esperaba, pues fue cuestión de concentrarme en su cuerpo desnudo para volver a tener mi miembro erecto.
Luciana, al verme listo para continuar la faena, se recostó contra uno de los ventanales y me invitó a follarla allí, mientras veíamos la vida pasar bajo nosotros, a la vez que podríamos ser vistos por algún curioso del sector. “No sé si te lo dije, pero sentirme deseada es algo que me calienta sobremanera. Me gusta en exceso que me vean, que fantaseen conmigo, que me deseen… ha de ser por eso que estoy aquí contigo, que accedí a tu pedido, pues, sinceramente, me hiciste calentar ese día en mi despacho con tus miradas lujuriosas y con tus palabras insinuantes”, dijo Luciana estando ya apoyada contra los cristales mientras que yo forraba de nuevo mi miembro erecto bajo el látex protector del preservativo.
Verla allí, apoyando sus senos y su rostro contra los cristales, mientras sus nalgas expuestas se contoneaban levemente, me sacó de quicio, me generó un apetito que solo podía saciarse sintiendo de nuevo el calor de su humanidad.
La penetré, asegurándome de que mis movimientos no fueran demasiado bruscos, pues no tenía la certeza de que tanto peso podría soportar el ventanal. Me era difícil controlar el deseo de penetrarla con vehemencia, pues tenerla allí, impúdica ante los ojos de la ciudad, era algo que poco a poco me iba haciendo perder la cabeza.
Su rostro, a pesar de estar apoyado sobre uno de sus costados contra la ventana, me permitía ver algunos de sus gestos placenteros e insinuantes. Me atreví a buscar sus labios con los míos, a saciar esa sed de besarla desaforadamente.
Si bien el primer coito había sido digno de enmarcar, la sensación que me estaba generando este segundo encuentro era todavía mejor. Los efectos del THC me hicieron dimensionar de otra manera el sentir de sus carnes, el mismísimo ardor de su coño, además de hacerme sentir que el polvo fue mucho más largo de lo que verdaderamente fue.
Pasé mis brazos bajo los suyos y formé un arco con los mismos, como pretendiendo hacerle una llave de lucha, que me otorgara el total dominio de la situación.
Habiéndome adueñado de su movilidad, la hice despegarse del ventanal, para penetrarla aún de pie y recorriendo la habitación, al ritmo de empellones desesperados.
Era todo un espectáculo aquello de caminar por la extensa habitación sin haber dejado de penetrarla en un solo momento. Ella me alentaba a no detenerme, a penetrarla cada vez más duro.
Tal fue el descontrol que llegó un momento en que terminamos cayendo sobre la cama. Ella apoyó rodillas y manos sobre el colchón, y una vez más me invitó a penetrarla, aunque con una frase que me marcó para siempre, pues nunca podré olvidar la perversión del gesto con la que lo acompañó, y mucho menos la esencia de la misma: “métemela sin ‘hongo’”.
Quedé desconcertado ante su pedido. Luciana me estaba pidiendo follar al natural, a pelo, algo que sinceramente no había imaginado ni en la más optimista de mis fantasías.
Fue todo un delirio sentir piel con piel, carne con carne, vivir ese instante maravilloso de mi pene ingresando en su caliente coño.
Sus gemidos acompañaron la ya de por sí maravillosa faena. Luciana estaba extasiada, y ese estado de euforia y descontrol la llevo a la completa desinhibición. Los gritos y los insultos se hicieron más frecuentes de su parte, mientras que yo me reprimía para no terminar antes de tiempo.
Estando ella todavía en cuatro, la agarré del pelo y la jaloné hacia mí. Su espalda se recargo contra mi pecho, mientras que la intensidad con que sus nalgas rebotaban contra mi pubis era cada vez mayor.
Pude rodearla con uno de mis brazos para sentir una vez más sus exquisitos senos, para tomar de nuevo entre mis manos esos bellos pezones rosa.
Luciana dejó caer su cabeza sobre uno de mis hombros, permitiéndome apreciar una vez más sus gestos de disfrute, y dejando a mi alcance la posibilidad de saborear su boca.
Luciana era una mujer de tomar constantemente la iniciativa. En gran parte del coito fue ella quien marcó el ritmo de los movimientos, y cuando fui yo el protagonista, ella orientó mis movimientos con su voz, con sus órdenes, se convirtió en la directora de orquesta de un coito que desencadenaría en un húmedo orgasmo de su parte.
Para mí fue simplemente maravilloso el hecho de ver sus piernas descontroladas, presas de movimientos involuntarios, de espasmos que reflejaban su alto estado de excitación. Pero lo que especialmente me llevó al delirio fue sentir y ver la humedad proveniente de su coño, que recorrió sus piernas cuesta abajo y que terminó humedeciendo las sábanas y el colchón en el que dormiríamos minutos después.
Una vez consciente de su satisfacción, me di la libertad de alcanzar mi orgasmo, de rellenarle ese coño tan hambriento de esperma.
La besé al término de nuestro encuentro carnal, beso que ella correspondió, pero que segundos después minimizó diciéndome que lo nuestro había sido solo sexo, que no había espacio ni tiempo para el enamoramiento.
Asentí con la cabeza, le otorgué la razón, sin saber que era tarde para reprimir ese sentir. Para ella había sido solo sexo, para mí había sido el renacer de un sentimiento que hace años no se había hecho presente en mí.
Capítulo VI: ‘Sexting’ a los 40
Al día siguiente despertamos aproximadamente a las nueve de la mañana. El olor a sexo reinaba en el ambiente, mientras nuestros cuerpos desnudos y sudorosos seguían todavía entrelazados. Yo estaba poseído por aquel deseo de recargar mis testículos con sus fluidos vaginales, pero Luciana tenía otros planes. La velada de sexo desenfrenado había terminado y ahora cada cual debía volver a casa...

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Capítulo VI: ‘Sexting’ a los 40
 
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Al día siguiente despertamos aproximadamente a las nueve de la mañana. El olor a sexo reinaba en el ambiente, mientras nuestros cuerpos desnudos y sudorosos seguían todavía entrelazados. Yo estaba poseído por aquel deseo de recargar mis testículos con sus fluidos vaginales, pero Luciana tenía otros planes. La velada de sexo desenfrenado había terminado y ahora cada cual debía volver a casa.
Salí de allí tan excitado como había llegado, mi sed de Luciana era insaciable. Afortunadamente para mí, ella había desarrollado un vicio por mí, del cual yo por ahora no sabía, pero que con el pasar de los días se haría evidente, y que terminaría propiciando más de un encuentro con esta mujer tan especial.
Llegué a mi casa pasado el mediodía, habiendo maquinado todo un entretejido de mentiras para darle credibilidad a la historia ideada con exclusividad para la familia, especialmente para Adriana, una serie de embustes ideados detalladamente para que mi relato funcionara como un relojito.
Pero Adriana no mostró mayor interés en mi viaje, un parco “¿Cómo te fue?”, fue su única pregunta al verme volver. No le interesaron pormenores, ni el nombre del hotel, ni la hora de salida de los vuelos, nada de nada. En otra época su desinterés me habría generado una crisis, habría empujado mi ánimo a un precipicio, y habría creado en mi la incertidumbre acerca de haber sido engañado. Pero ese sábado, justo desde ese sábado, lo que Adriana pensara o sintiera por mí, me tenía sin cuidado alguno. 
Los niños preguntaron por lo que les había traído, y yo sin nada en manos para entregar, no tuve más que recurrir al mediocre pretexto del viaje exprés. Jugué un rato con ellos como buscando recompensarles por la decepción causada por mis manos vacías. También buscaba despejar un poco la mente. Buscaba desaparecer, aunque fuera por solo un rato, el recuerdo de la calenturienta de Luciana.
Estaba obseso por ella. El viaje de vuelta a casa fue un constante pensar en sus carnes, en el inmenso estímulo que causa apreciar los gestos de su rostro, en su mismísima forma de ser, siempre tan disoluta, siempre tan liberal, siempre tan ella.   
Luciana era una mujer en todo el sentido de la palabra, una de esas con las que se te antoja tener muchos hijos, de aquellas en las que pase lo que pase persiste su fragancia a mujer, que exuda feminidad, que pareciera que llevara encima una tonelada de estrógenos. Es que sinceramente no existe un placer más exquisito que una mujer; no hay pecado más dulcemente mortal que desvanecer la persona ante una alabanza eterna a los encantos femeninos; no hay cosa más deliciosa, invención más perversa, que una mujer, y Luciana sí que lo era. El cuerpo me la pedía a gritos, irradiaba puro celo, pura calentura.
No pasaron muchas horas para caer en la tentación de masturbarme evocando su paso por mi cuerpo. Es más, ese sábado no pude dejar de hacerlo. Me tenía absorbido, enfermo, supe lo que era sentirme confesamente degenerado. No tuve reparo alguno en masturbarme hasta tener el pene en carne viva. Al fin y al cabo, ¿No es este escenario el paraíso del placer de un pervertido?
Quedé hecho un guiñapo. Anulado, sin vigor alguno. Tardé un par de días en recuperar algo de la esencia de la líbido, y tan pronto pasó, Luciana volvió a apoderarse de mis pensamientos, que valga aclarar eran casi siempre viciosos y retorcidos.
Es más, las cosas empeoraron la noche del martes. Hasta ese entonces no habíamos cruzado palabra; nada de llamadas, nada de Whatsapp, nada de nada desde aquel sábado que nos despedimos. Luciana había sido confesa del buen rato que había pasado, pero dejó en claro que una cosa era sexo y otra era “encoñarse”, como queriendo dejar en claro las cosas, advirtiéndome sus límites.
Para mí era un hecho que volveríamos a copular, la duda era cuándo. No quería perder el contacto con ella, pero no sabía qué escribirle, tampoco quería parecer intenso o acosador, además que quería recuperar el aliento y estar pleno para la próxima vez que nos encontráramos.
Pero la noche del martes ella rompió el reinante silencio. Lo interrumpió de una forma memorable y magistral. Luciana ratificó esa noche lo impúdica y tentadora que podía ser.
A Whatsapp me envió un video que hasta el día de hoy no me canso de calificar como una obra maestra de la provocación, una pieza de la seducción digna de guardar y reproducir una y otra vez. Es más, a partir de este video tuve que comprar un disco duro que terminé destinando al registro fílmico y fotográfico exclusivo de Luciana. Este fue el video que lo inauguró, el video que antecedió a muchos otros que me iba enviar durante el tiempo que estuvimos fornicando obsesamente a espalda de nuestras familias.
La pieza audiovisual comienza con una pared de baldosa blanca como fondo, se escucha agua caer y luego entra en escena Luciana. Ella está cubierta de jabón, por lo menos en su torso, el agua cae y se desliza por su delicada y blanquita piel. Con sus manos tapa sus pezones, que igual tienen una buena cantidad de espuma encima. Su pelo se unifica y se estira por efecto del agua, se ve todavía más oscuro, es el cabello más negro que he visto en mi vida, es imponente ¡Me encanta!
Luciana estira un poco la mano, que sale y vuelve a entrar a escena en una ráfaga, pero ahora sosteniendo una cuchilla de afeitar. Levanta uno de sus brazos y depila una de sus axilas, que de por sí no tenía mucho por depilar. Luego hace lo mismo con la otra.
Deja la cuchilla a un lado por un momento, toma el jabón y lo esparce sin restricción alguna por sobre la zona de su pubis. Mientras lo hace juguetea con su lengua en medio de una sonrisa que delata pura picardía, pura desfachatez y perversión.
Toma de nuevo la cuchilla y empieza a rasurar, con mucho detenimiento y cuidado, ese pubis que merece todo tipo de condecoración. Esa vagina rosa, que por dentro es todavía más rosa y que sabe a gloria, que permanece joven y conservada en el cuerpo de una mujer de 40, negándose a envejecer, jugando a mantener viva esa eterna juventud.
Luciana guardaba silencio mientras hacía todo esto. Quizá dejó escapar alguna risa ocasionalmente, pero la mayor parte del tiempo dejó que el sonido del ambiente dominara la escena.
Se tomó su tiempo, pero qué bien depiladita que le quedó ¡Todo un caramelito!
La escena no terminaba allí, Luciana tenía algo más por ofrecer frente a la cámara. Terminó de ducharse. La espuma del jabón y del champú se esfumó de su cuerpo y ahora solo le corría agua cuesta abajo. Luciana se estiró un poco, sus brazos salieron de escena, y al regresar tenían consigo una toalla. Secó su cuerpo frente a la cámara sin apuro alguno. Luego cubrió su cuerpo con la toalla. Tomó el celular en sus manos y preguntó “Vamos a ver qué hay para hacer…”. Abrió la puerta del baño y volteó el celular, grabó lo que había delante de ella, era un hombre dormido en una cama. Giró de nuevo el teléfono, de nuevo la cámara apuntaba a Luciana. Ella se detuvo, apoyó un puño en su rostro, cual El Pensador de Miguel Ángel. Guardó silencio por un par de segundos, quizá por unos cuantos más, dejó caer la toalla que la recubría, enseñando una vez más ese cuerpo concebido para el placer. Posterior a eso dijo “ni modo, será despertar a mi marido”, frase que finalizó con una de sus típicas y sugerentes sonrisas.
Ahí acababa, dejando en el aire la presunción de una frenética jornada de sexo conyugal. Haciendo hervir mi sangre por el simple hecho de imaginarla con otro, arder de furia pensando en ella entregándose a uno que no fuera yo. Pero a la vez la imaginaba libidinosa, calenturienta y desenfrenada; lo que me iba a hacer desearla todavía más. Una vez más avivó en mi ese deseo por poseerla, aunque fuese solo una vez más.
Debo confesarlo, para mí fue imposible dejar pasar la noche sin masturbarme teniendo ese video solo para mí.  Escapé de la habitación. Fui al baño más lejano a las habitaciones y me deleité de nuevo con el agua recorriendo sus carnes, con el jabón escurriendo desde su torso, de su coño poco a poco despejado de ese pelambre que le recubría, escondiendo esos rosas y carnudos labios. Me tomé el tiempo suficiente para detallar sus gestos, para deleitarme con cada una de sus incitaciones. Estallé de placer una vez más con Luciana como inspiración. Era toda una obligación: tenía que volver a acostarme con Luciana y solo así volver a entender el máximo éxtasis del placer.
 
Capítulo VII: Desvirgue “motelero”
 
Al día siguiente le escribí. Además de saludarle y preguntarle por su día, le consulté por la velada que había pasado junto a su esposo, a lo que me respondió sin complejo alguno que se lo había tenido que tirar...

La continuación de esta historia en https://relatoscalientesyalgomas.blogspo...o-vii.html
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